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El mensaje teológico del "NICAN MOPOHUA"

Antes de todo, es diáfano y claro que el "Acontecimiento Guadalupano", puesto en una terminología religiosa actual, es una evangelización. Evangelizar es "proclamar una noticia feliz", es "gritar con gozo que una salvación viene de lo Alto". En el caso de Jesús, él evangelizó con sus palabras reveladoras, con sus gestos y con la manifestación del poder de Dios en sus prodigios. En el suceso del Tepeyac es lo mismo: se trata de una espléndida evangelización en palabras, en símbolos y en milagros. Y aquí, como allá, el centro y foco del anuncio jubiloso es Dios. Siendo así, no es extraño que el relato que cuenta lo sucedido en diciembre de 1531 esté todo él tejido con reminiscencias y resonancias constantes de la Biblia, que tendremos el cuidado de destacar.

1. UN AMBIENTE "SOBRENATURAL Y DIVINO"

La primera aparición es, en todo su conjunto, el pasaje más rico en contenido evangelizador. Y éste no se confina únicamente a las palabras de la Virgen María, sino que comienza ya desde el principio de la narración:

"Era sábado, muy de madrugada.... cerca del cerrito...." (vv 6-7)

Bíblica y cristianamente hablando, el "Sábado" es ya todo un símbolo preñado de sentido, que no es necesario comentar. En cuanto al amanecer o mejor a la "oscuridad de la madrugada", este momento tenía, en la mentalidad prehispana, un símbolo muy fuerte: era el comienzo, era el principio, era el nacer de algo nuevo y grande; era el "bereshit = en el principio" del Génesis y del evangelio de San Juan. Y es notable cómo en la narración de Valeriano por lo menos en seis ocasiones hay una alusión a esa hora en que despunta el día. Finalmente es bien sabido que en casi todas las religiones "la cumbre de los montes" es un punto de particular contacto con la divinidad; es allí donde misteriosamente se conjugan los cielos con la tierra. ¿No vienen fácilmente a la memoria la montaña sagrada del Sinaí, el monte alto de la Trasfiguración, el monte de los Olivos, la montaña de Sión?

A los datos del día, de la hora y del lugar, sigue el escuchar "el canto de muchos pájaros finos", a los cuales como haciendo eco el cerro respondía: cantos suaves, deleitosos, que sobre pujan al del coyoltototl y del tzinitzcán. Es de saber que el canto como las flores, sonidos armoniosos y colores bellos, eran en la filosofía religiosa indígena elementos de comunicación divina. Es lo que de inmediato capta Juandiego y comenta:

“¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento? ¿acaso en la tierra celestial?” (v.10).

Y un detalle completa el cuadro: todo esto venía “del lado donde sale el sol” (v. 11). El oriente es aquí también , como en las religiones naturistas un símbolo que orienta hacia Dios.

Y viene en seguida la aparición: Juandiego primero “oyo”. Una voz lo llamaba: “Juanito, Juandiegito…” La repetición del nombre evoca naturalmente las teofanías bíblicas: “Abraham, Abraham; Samuel, Samuel; Saúl, Saúl”. LA actitud interior de Juandiego ante lo extraordinario y desconocido, lejos de reflejar temor y sobresalto, rebosa en serenidad: “ninguna turbación pasaba en su corazón – apunta el narrador- antes bien se sentía alegre y contento en extremo” (v. 13)

Al oír sigue el “ver”. Cuando llegó a la cumbre del cerrito, vio a una Señora que estaba allí de pie y

“cuando llegó frente a Ella, mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza: su vestido relucía como el sol, y como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos: el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoíris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesas aparecía el follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro” (vv. 16-21).

En esta espléndida descripción de sol, reverbero, rayos, resplandor, arcoíris, niebla, piedras preciosas, esmeraldas, turquesas, oro…, todo este cúmulo de elementos –ya lo hemos dicho- no son únicamente adornos poéticos sino instrumentos revelatorios que manifiestan algo sobrenatural y divino. La nube era para los mexicanos, como para los israelitas, un símbolo de la presencia de Dios. Es apenas el despuntar del día y , sin embargo, nos encontramos sumergidos en un océano de luz. Y Dios es luz, y Cristo es luz, y en la aurora de la creación lo primero que dijo Dios fue: “¡Hágase la luz!”. Fácilmente vienen a la mente las descripciones de las manifestaciones divinas de que habla la Escritura: el Hored, el carro de las visiones de Ezequiel, Betlehem, la Transfiguración, Pentecostés, la conversión de Pablo, las descripciones del Apocalipsis.

Pero es sobro todo en las palabras de la Virgen María donde se encuentra de manera más explicita la mayor riqueza teológica del mensaje guadalupano.

2. LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA

Lo primero que hace la Santísima Virgen es identificarse, haciendo la revelación de si misma a Juandiego:

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María” (v. 2ª)

La “perfecta siempre Virgen”. Quien se presenta es simplemente la perfecta siempre Virgen de la más antigua tradición cristiana: la aeiparthénos de los Padres Griegos, eco y resonancia de la Virgen del Evangelio de San Mateo y San Lucas.

Los teólogos, a través de las edades, podrán preguntarse como ya se lo había hecho la misma Virgen María: “¿Cómo podrá ser esto?” (Lc 1,34). Unos mantendrán la virginidad física y espiritual: otros se limitaran a admitir solamente la espiritual. La Iglesia es firme en su tradición secular, proclamando la perpetua virginidad de María. Guadalupe es un eslabón en la transmisión de esta doctrina.

Santa María. El adjetivo “Santa” evoca naturalmente el “llena de gracia” del saludo angélico y el Agía María del Concilio de Efeso. María, objeto de la benevolencia divina, es hecha partícipe en manera singular de la santidad de Dios.

Fuente: Salvador Carrillo Alday, msps. El mensaje teológico de Guadalupe,  9ª edicion, México 2009. 

las palabras de la Virgen María donde se encuentra de manera más explicita la mayor riqueza teológica del mensaje guadalupano: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María”